Roger Gual siempre ha sabido manejarse bien con historias que captan las relaciones entre grupos de personas. Ocurría en el entorno familiar con la estupenda “Remake”, y sobre todo en el ámbito laboral con “Smooking Room” junto a Julio D. Wallovits y ahora con la presente “7 años”.

La primera película española para Netflix es sencilla pero está llena de recovecos. La premisa es intrigante y estimulante. Cinco personajes y una habitación. En tan pequeño espacio de desarrollo, hay muchas vertientes interpretativas de una misma situación y están desarrollados los personajes de manera concreta aprovechando al máximo los medios que tiene. Cuatro compañeros de trabajo se enfrentan a una decisión importante que comprometerá a uno de ellos a una privación de 7 años de su vida, y contratan a un mediador para decidir la solución de manera consensuada.

Desde luego no va a ser tarea fácil y cada uno de ellos expondrá su opinión frente a la circunstancia para así poder convencer al resto de que la suya es la opción más justa y la más satisfactoria para todos.

Quizá se eche en falta un tono más satírico que sí podíamos encontrar en propuestas como “El método” de Marcelo Piñeyro o en la última película de Gracia Querejeta, la negrísima “Felices 140” en la que los personajes ponían todo su empeño en coger el mayor trozo de pastel de razón ganando terreno al resto de compañeros de decisión.

El director se fija en cada gesto para caer en la tentación de cambiar el peso de la balanza y el titubeo de la compostura se extravía cada vez que uno pierde los nervios. La palabra va a ser la mayor arma en una película de diálogos agudos e hipótesis punzantes que mantienen en vilo al espectador con recursos ceñidos pero que se benefician de una planificación muy acertada.

La frialdad y el pulso escénico son los mayores cómplices de “7 años” y también aprovecharse de excelentes personajes poliédricos de la peor calaña empresarial, de la realidad y de las triquiñuelas que utilizan para salir lo más indemnes posibles de la corrupción que conforma ya el adn de la parte aprovechada y provechosa de nuestro país y de las sociedades occidentales más enfermas de ambición. Cuando se pone más seria se ve demasiado afectada diferenciándose de sus referencias cinematográficas, aunque cuando juega con sus posibilidades argumentales se vuelve grande y gana enteros.

El grupo de actores que participan en esta empresa difícil de hacer un uso de los parlamentos comedido y visceral, al mismo tiempo supone uno de los mayores aciertos de la cinta. Quizá mantener la atención durante todo el metraje es su punto más discutible pero se reinventa en varias ocasiones para conseguir captar al público en su último y más endeble acto. Juana Acosta, con fiereza hermética y Álex Brendemühl con gélido gesto son los mejores hallazgos interpretativos de la cinta, pero todo el reparto funciona con su cometido. Paco León y el colombiano Juan Pablo Raba tienen algunas de las mejores escenas de la película y su ambigüedad en el tono de sus “cara a cara”, uno de los mayores alicientes para estimular la curiosidad a medida que avanza la trama.

En conclusión, es una película disfrutable que saca petróleo de su potencial para dar una muestra más de que con una buena historia, una buena elección de actores y un guión a la altura se puede llevar a cabo una película notable.

Nota El Blog de Cine Español: 7.

Chema López

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Roger Gual siempre ha sabido manejarse bien con historias que captan las relaciones entre grupos de personas. Ocurría en el entorno familiar con la estupenda “Remake”, y sobre todo en el ámbito laboral con “Smooking Room” junto a Julio D. Wallovits y ahora con la presente “7 años”. La primera...