CRÍTICA DE “THE WAY”, Por MIGUEL-FERNANDO RUIZ DE VILLALOBOS, QUE LA PUNTUA CON UN SIETE SOBRE DIEZ

El camino de Santiago es largo, pero el camino de la vida lo es más, aunque pueda ser corto como el de Daniel, el hijo de Tom, el oftalmólogo estadounidense, viudo, que juega al golf con sus veteranos amigos y que no sabe nada de su hijo que se ha perdido por esos mundos de Dios. Emilio Estévez, uno de los hijos cineastas de ese gran Martín Sheen (sin lugar a dudas el mejor presidente imaginario de la Casa Blanca), del que hay que recordar una muy sólida “Bobby” (2006), narra una historia de amor paterno, de iniciación y de redención, a través de la figura de Tom, un norteamericano típico (y tópico) que descubrirá, junto a un holandés, una canadiense y un irlandés (escritor por más señas), que los caminos de la vida (que no deben ser necesariamente del Señor) son para transitarlos con el convencimiento de que, como dice el poeta, “caminante no hay camino se hace camino al andar”. Y Tom (excepcional Martín Sheen) hace su camino como peregrino de su propia vida.

La película sirve también para reflexionar que si, como se dice de forma un tanto convencional, los hijos deben pagar las deudas de los padres, en otras ocasiones (como en la película) los padres deben terminar las labores emprendidas por los hijos. Una película abierta a muchas interpretaciones, sin mácula de ideas religiosas, que se decanta por un humanismo sencillo y natural, eso que parece nos falta a una gran mayoría en este primer decenio de un siglo que llamamos XXI, pero cuya verdadera edad ignoramos.

  Ruiz de Villalobos

 Nota: 7

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