BUFFET PARAÍSO: CUANDO LA GULA ES SISTEMA, Y EL CONSUMIDOR ACABA DEVORADO. FIRME CANDIDATO AL GOYA A MEJOR CORTOMETRAJE DE ANIMACIÓN

¿Qué sucede cuando el placer deja de ser deseo y se convierte en anestesia? ¿Qué pasa cuando el consumo no es solo hábito, sino un refugio emocional que nos vacía sin que lo notemos? Buffet Paraíso, cortometraje de animación dirigido por Héctor Zafra y Santi Amezqueta, y escrito por Júlia Francino, no responde directamente a estas preguntas. Pero las deja resonando con una potencia feroz, grotesca e incómoda. Y eso basta.

Con solo 8 minutos de metraje y cero diálogos, la pieza se impone como una de las apuestas más contundentes del año. No solo ha acumulado más de 100 reconocimientos internacionales, incluyendo la Biznaga de Plata o el Premio Quirino al Mejor Diseño de Animación, sino que entra en la carrera a los Goya como firme candidata a Mejor Cortometraje de Animación.

Un infierno disfrazado de banquete

En Buffet Paraíso, lo grotesco es estética y mensaje. Un grupo de personajes —dibujados con un claro guiño a los cuerpos monumentales de Botero y encerrados en un entorno que recuerda a los círculos infernales de Dante— es atraído por un restaurante que promete algo único. Y lo cumple. Demasiado.

El corto, producido por Ciervo Alto, Hampa y WKND, despliega una galería de escenas tan excesivas como reveladoras. Personajes deformados por la avidez que devoran sin tregua. Una pareja obesa que cae de su mesa sin que nadie les auxilie. Un camarero que desaparece engullido por dos gemelos, como si su cuerpo fuera también un plato. Y al final, una figura gigantesca, una suerte de diosa del consumo, que bebe una sopa hecha con personas. Literalmente.
La metáfora no se explica. No hace falta. Somos parte del banquete. Y también del menú.

Un espejo incómodo para el espectador actual

Según el propio Héctor Zafra, el cortometraje nace de una reflexión sobre el hedonismo contemporáneo y la búsqueda constante de gratificación inmediata. No solo hablamos de comida: hablamos de pantallas, de “likes”, de citas exprés, de contenidos infinitos al alcance de un clic. La lógica es siempre la misma: más, más rápido, más fácil. Pero ¿a qué precio?

“Vivimos anestesiados por el placer. Cada dificultad se evita refugiándonos en algo que nos recompense al instante. Pero esa espiral es insaciable”, señala Zafra. Y Buffet Paraíso no tiene pudor en mostrar esa espiral en su forma más física y brutal. El cuerpo como símbolo. El exceso como enfermedad. El otro como obstáculo.

Un trabajo técnico al servicio de la incomodidad

A nivel visual, la animación en 2D es tan rica como inquietante. La paleta cromática, la dirección artística y la composición de cada plano están diseñadas no para gustar, sino para generar un malestar lúcido. Aquí no hay belleza complaciente: hay saturación, deformidad, ruido visual. Todo empuja al espectador a confrontar su propio papel en el sistema que se critica.

No sorprende, por tanto, que el cortometraje haya captado la atención de jurados y festivales de todo el mundo. Y menos aún que su nombre suene con fuerza entre las posibles nominaciones a los Premios Goya 2025. Porque Buffet Paraíso no es solo una pieza brillante de animación: es una bomba visual y simbólica que nadie ve sin sentir algo.

Con una propuesta radical y una mirada aguda, Buffet Paraíso apunta directamente al corazón del espectador contemporáneo. No para entretener, sino para incomodar. Y en esa incomodidad, deja su huella.

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