Muchas películas, sobre todo americanas, han reflejado el duelo por la pérdida de un ser querido. Pero ninguna ha sabido reflejar con tanta precisión y de manera tan elegante como lo ha hecho Matías Bize en “La memoria del agua”.

Una película puede convertirse en una obra de arte cuando logra narrarnos una historia a través de los diálogos y las imágenes. No hace falta que aquellos estén repletos de palabras, porque muchas veces las palabras pueden ser vacías a pesar de ser sonoras. En “La memoria del agua” parece que cada palabra haya sido elegida con delicadeza y desde una sensibilidad exquisita. Ninguno de los diálogos en esta película es prescindible, siendo todos y cada uno de ellos necesarios para lograr la maravilla que ha creado Matías Bize. Muchas de las frases se dicen con las miradas, esas que piden auxilio o simplemente mendigan una paz interior que parece no llegar, miradas que transmiten tristeza, esperanza, compasión e incluso rabia o rostros que muestran emociones contenidas que en algún momento deberán salir al exterior. Hay que destacar ciertos momentos: la escena que Benjamin Vicuña comparte con Silvia Marty delante de una foto o aquel momento en que Elena Anaya se enfrenta a su traducción más complicada en su trabajo, escena que deja al espectador sin habla y los pelos de punta. Atención al potente diálogo final entre Javier y Amanda, los dos protagonistas, en el que se confronta lo racional y lo emocional, el negativismo y la esperanza. Sensaciones que en ningún momento trata de maquillar el director, lo que es el gran logro de “La memoria del agua”. Sencillamente brillante. Una lección de cine en toda regla.

La fotografía es acorde con el tono melancólico de la película, grisáceo pero sin ser oscuro y acompañada de una banda sonora que en ningún momento está fuera de tono. ¿Cuántas veces recurre el cine a las canciones pop lacrimógenas para que una escena adquiera una tristeza desorbitada en el espectador? Demasiadas. Y eso, querido público, es maquillar emociones y por lo tanto engañar al espectador, factor que no utiliza el director en este caso. Matías Bize opta por comunicar a través de su música convirtiéndose en un protagonista más, algo imprescindible para la trama.

El motor de “La memoria del agua” son sin duda alguna sus dos protagonistas, Benjamin Vicuña y Elena Anaya que interpretan a dos padres que han perdido a su hijo de corta edad. Sus interpretaciones son de esas que a uno se le clavan en el alma y que despiertan sentimientos que algunos tenían olvidados. Interpretaciones que deben marcar un antes y un después en los papeles de los últimos años y que por estos motivos merecen ser galardonados en los festivales venideros. Benjamin Vicuña (Javier) transmite dolor, rabia pero sobre todo esperanza por seguir adelante para llegar a ser el posible salvavidas de Elena Anaya (Amanda). Ésta sin embargo encarna la rabia, el dolor profundo, la impotencia y autodestrucción. Ambos personajes son magistralmente interpretados por estos dos actores que muestran dos posibles formas de duelo. Aparte de sus dos protagonistas, cabe destacar al personaje del padre, interpretado por un estupendo Sergio Hernández. Es un papel breve pero lleno de sentido: muchas veces olvidamos que un padre también puede ser un amigo cuando uno crece y no sólo durante nuestra infancia. Otra vez Matías Bize nos hace reflexionar con algo aparentemente sencillo pero muy necesario en la vida de todos.

Claramente estamos ante una película que demuestra que se puede contar una historia sencilla llena de sensibilidad, elegancia y sobre todo sinceridad sin edulcorantes añadidos. En nuestro cine hacen falta diálogos, imágenes, intérpretes y ante todo sensaciones como las que nos brinda esta maravilla de película y que nos hace mantener la esperanza que de algo pequeño puede surgir algo tan grandioso y magnífico como logra “La memoria del agua”.

Nota: 9

Gabriela Rubio

RedaccionCríticasBenjamín Vicuña,Críticas,Elena Anaya,La memoria del agua,Matías Bize
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