En Una cuestión de tiempo (Richard Curtis, 2013), el joven Tim descubría que podía viajar en el tiempo y utilizaba su poder, las veces que eran necesarias, para enamorar a la chica de sus sueños (Rachel McAdams). Algo similar le sucede a Javier (Javier Rey) en Sin fin (2018), la romántica y futurista primera película de los hermanos Alenda. En ella el espectador presencia en primera persona como Javier, un brillante científico, y María (María León), una aspirante a actriz, han sufrido en su relación el paso del tiempo y de los descuidos, especialmente por parte de él que se ha centrado en exceso en su trabajo y en su personalidad ensimismada. Por ello, Javier viajará en el tiempo para intentar reescribir su historia de amor con María e intentar que ésta recupere las ganas de vivir. Su estrategia será revivir el día que se conocieron y poner de nuevo en marcha sus corazones.

En primer lugar, hay que alabar la valentía de esta pareja de directores que se han decidido a hacer una película eminentemente romántica, lo que resulta bastante inaudito en el cine español, y además con el añadido futurista de los viajes en el tiempo. Ahora bien, mientras que el romanticismo de la cinta está bien engarzado y no resulta empalagoso, la parte en la que se juega con los tiempos es más farragosa. El bonito y sencillo final abierto resuelve dudas, pero otras secuencias precedentes no terminan de clarificar algunos aspectos espacio-temporales. No obstante, la sensibilidad con la que está contada primero el enamoramiento y después el desencanto, hacen de los fallos de la cinta obstáculos totalmente salvables. Los directores tienen una mirada muy depurada que pone el foco de su cámara en pequeños detalles de la vida cotidiana, pero que son los que van construyendo nuestras vidas. Una bolsa de gusanitos, una bola con premio, un colgante, una libreta… pequeñas cosas en apariencia, que cuando nos ponemos a reflexionar sobre nuestras vidas salen con fuerza a la superficie.

Durante la juventud y con las mariposas a pleno rendimiento en nuestros estómagos las cosas no parecen ser tan relevantes, pero cuando años después revisitamos nuestra vida toda adquiere un nuevo significado. Ni mejor, ni peor, sino que los años nos hacen ver las cosas de otro modo, al igual que nuestros caracteres pueden también haber cambiado. Es el caso del personaje de María que tiene un arco dramático inmenso, desde el desparpajo y la alegría por vivir, hasta la depresión y oscuridad. Es cierto que Javier Rey fue premiado en el Festival de Málaga, pero en mi humilde opinión es María León la que llena la pantalla. No tiene el protagonismo de Rey, pero con sus enormes ojos verdes (por mucho que digan en la película los tiene verdes) y con pocas palabras se mete formidablemente en la piel de una mujer que ha ido dejándose los sueños por el camino. Una mujer aparentemente fuerte y sin oscuridades, pero que guarda heridas en su alma y en su cuerpo. Con esto no se desprecia el gran trabajo de Javier Rey que consigue lucir dando vida a un personaje extremadamente introvertido que hasta que no ve el barco hundiéndose no es capaz de empatizar con su amor y darse cuenta de los fallos que ha cometido. Un tipo que sigue la línea de las nuevas masculinidades y los llamados hombres “sensibles” que tan habituales son en el cine de Cesc Gay.

En resumen, Sin fin es una película perfecta para reflexionar sobre las relaciones humanas. Porque es probable que si sueñas con ser actriz sea difícil llegar a ser una Penélope Cruz y es muy probable también que como sucedía en La gaviota de Chéjov, al final terminemos enamorándonos de la persona menos adecuada. Pero cuando se siente una conexión con alguien, cuando te enamoras de alguien hasta el punto de abandonarte en ese sentimiento, a posteriori uno no debe martirizarse por lo vivido. Y si por un casual con el paso del tiempo, te has olvidado de tratar como se merece a tu pareja tienes dos opciones: dejarla marchar o correr a por ella de una vez por todas.

Laura Acosta

Nota El blog de cine español: 8