A muchos les cuesta creer que en la cinematografía española se encuentren, no sólo joyas del cine -que las hay- sino también películas que cuenten con una valía asombrosa, aguanten el paso de los años y merezcan ser visionadas varias décadas después. Y el caso de “La piel quemada”, de 1967 y del director catalán José María Forn, es uno de ellos.

No es únicamente la temática del trabajo la que le otorga un aire post-neorrealista al film. Son también ciertas secuelas de la guerra (aun siendo distintas guerras) todavía visibles incluso estando el desarrollismo en pleno auge. Bien podrían haber firmado la cinta los herederos del neorrealismo italiano Zurlini, Bellochio, Comencini y compañía, y quizá habría recibido más reconocimiento con el paso de los años. Pero no, fue Forn el que la hizo y, aunque se trate de un tema que se ha dado y se sigue produciendo en todo país en vías de desarrollo, se trata de una película puramente española.

Lo es porque se reflejan unos hechos muy concretos de la historia de España, como son los movimientos migratorios que se asentaban en las regiones más ricas del país durante la década de los sesenta. Y lo es más aún por los conflictos que trata, por suerte o por desgracia, muy a la orden del día: el durísimo trabajo de la construcción, el turismo extranjero en las costas españolas y la emigración del pueblo, de la miseria y de la más absoluta humildad, al mundo desarrollado. Ese mundo tan añorado y deseado no es más que un pueblo corriente de la Costa Brava, como es Lloret de Mar. Eso sí, un lugar que sigue repleto de turistas décadas después, donde por entonces trabaja José de albañil. Allí espera a su mujer, sus hijos y su hermano, que van de camino desde Andalucía durante prácticamente todo el metraje, pues se trata de un largo desplazamiento el cruzar España, más aún haciéndolo con los medios más precarios del momento. Y se trata de un enorme acierto para el ritmo de la película que los parámetros temporales aparezcan delimitados de una forma tan clara. En este caso, es el viaje de los miembros de una familia y el padre que la espera, alrededor del cual se componen una serie de flashbacks de lo más inquietante, para adentrarnos en el sobrecogedor pasado de la familia. De esta forma, se consigue mantener al espectador en vilo durante todo el trayecto, pues uno sabe que éste desembocará en un final y lo está esperando con gran intensidad e impaciencia.

Pero además, “La piel quemada” va mucho más allá. Se afronta el tema del catalanismo con una veracidad más que convincente, sin tomar partido en ningún caso. Es por eso, que no vendría mal fomentar la proyección de esta película entre diferentes sectores de la sociedad española actual, para dejar constancia de cómo han transcurrido ciertos acontecimientos que permiten comprender algo mejor el contexto que se plantea. No con el ánimo de aleccionar ni con el de revelar nada nuevo, sino con el de mostrar una realidad que, mal que le pese a muchos, es la que es.

Hugo Pascual Bordón.

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A muchos les cuesta creer que en la cinematografía española se encuentren, no sólo joyas del cine -que las hay- sino también películas que cuenten con una valía asombrosa, aguanten el paso de los años y merezcan ser visionadas varias décadas después. Y el caso de “La piel quemada”,...