La filmografía de Jonás Trueba tiene una temática bastante clara y original, para el cine español. Los personajes del cineasta madrileño suelen estar inmersos en crisis existenciales y relacionales, repletas de dudas que conducen a una sensación de incertidumbre, habitualmente combatida desde la inacción. En La virgen de Agosto(2019), su última película, asistimos a una trama fiel con los principios de su obra. Eva (Itsaso Arana) es una chica de treinta y tres años que ha decidido pasar el mes de agosto en Madrid, alojada en el fabuloso piso de un conocido. Lo que para la mayoría es un mes de evasión, a las zonas costeras, donde buscar formas de combatir el calor, para Eva es una forma de disfrutar de las verbenas, dejarse abandonar a los encuentros casuales y encontrar un sentido a su vida.

Eva no tiene o no quiere tener un plan. Sencillamente se dedica a observar lo que ocurre a su alrededor y disfrutar de aquellos que se van apostando a su camino. Los encuentros casuales van estructurando la cinta, sirviendo de puntos de giro para la misma. Desde el antiguo amigo, llamado Luis, que encuentra en el museo arqueológico, hasta el desconocido enigmático que interpreta Vito Sanz, Eva experimenta un gran cambio vital, imprescindible para empezar a salir de su resistencia pasiva. Porque si algo define a este personaje y a la mayoría de creaciones de Trueba es su incapacidad para pasar de la teoría a la acción. Eva sale mucho, va a fiestas, habla sobre amor, bebe y baila, pero cuando tiene que tomar decisiones y poner palabras a sus emociones se muestra incapaz.

En ese sentido es tremendamente paradójico como Eva dice que era actriz, aunque ya no lo quiere ser, ya que un actor se dedica a trabajar con emociones. Puede que esté relacionada su ruptura con el séptimo arte, con su incapacidad emotiva, casi llegando a una anhedonia principiante. Muy evocadora es la salida al río, con un grupo de amigos, que Eva primero afronta desde una distancia de seguridad, muy mojigata, para después contagiarse del azar que la rodea y sumergirse en un agua refrescante y purificadora, que no entiende de caos mentales. La naturaleza tiene sus ritmos, a los que el ser humano debe amoldarse, sin la posibilidad de recurrir a un libro o un manual de instrucciones.

Aunque la profesión de Eva puede también ser fruto solo del amor de Trueba por el cine y su tendencia a darle una posición principal en sus películas. Ya pasaba enTodas las canciones hablan de mí (2010), donde cine y realidad se confundían, enLos ilusos (2013), donde se presenciaba la periferia de la industria cinematográfica, o en Los exiliados románticos (2015), que reflexionaba sobre la posibilidad de una película. La reflexión siempre encuentra su lugar en este tipo de cine, que está muy lejos de ser un cine fácil. El espectador medio está fuera de la mente de los guionistas, que sin embargo sí guardan una posición privilegiada a la contemplación, el naturalismo extremo, el ritmo especialmente detenido y la multitud de tiempos muertos incómodos, no aptos para personas inquietas. ¿Qué sucede cuando no sucede nada? Esa parece la premisa de muchas secuencias de la cinta. Las personas no solemos robar bancos, triunfar en el mundo de la música o conocer a un príncipe heredero que nos prometa un sinfín de lujos. Normalmente la gente vive días ociosos y hace menos de lo que le gustaría, por los miedos, las inseguridades y por razones difíciles de verbalizar. Por eso parece admirable que el cine apueste por este tipo de historias, aun reconociendo el ego del creador y la pedantería de algunas secuencias, destinadas exclusivamente para almas elitistas que conozcan a todos los filósofos nacidos en Estados Unidos.

Laura Acosta

Nota El blog del cine español: 7