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Entre las 14 inscripciones de LA BODA a los Premios Goya, hay cuatro nombres que resumen el pulso emocional y artístico de esta ópera prima: Elena Furiase (Mejor Actriz Protagonista), Daniel Chamorro (Mejor Actor Protagonista), David Cortázar (Mejor Dirección de Fotografía) y Raquel Troyano (Mejor Dirección de Arte). Juntos sostienen una película construida desde el silencio, la mirada y los detalles más íntimos.
Pedro Cenjor -Opta a Mejor Dirección Novel- debuta en el largometraje con una historia que no recurre a grandes giros, sino a pequeñas verdades. Lo suyo es el cine de los afectos contenidos, de lo que nunca se dice en voz alta, pero se instala en el cuerpo. Y lo consigue con una dirección sobria, un guion preciso (coescrito con Corinna Salerno) y un equipo artístico que traduce emociones en imagen, espacio y textura.
Rodada entre Granada, Toledo y Madrid, LA BODA se ubica en entornos rurales donde lo emocional rara vez se expresa abiertamente. En ese contexto, dos personajes marcados por el desgaste y la renuncia emprenden un viaje interior tan discreto como transformador.
Furiase y Chamorro: miradas que narran lo invisible
Elena Furiase interpreta a Felisa con una contención que conmueve. No hay aspavientos ni frases memorables, pero cada gesto suyo está cargado de significado. Desde la fragilidad más pura, su personaje busca una salida en un matrimonio que nunca deseó. Felisa no pide ayuda, pero Furiase deja claro que la necesita. Su trabajo es una demostración de cómo una interpretación puede sostenerse en lo no dicho.
Daniel Chamorro, como Sebastián, encarna a un hombre bloqueado por sus propias limitaciones afectivas. La torpeza emocional de su personaje está lejos del cliché: es real, dolorosa, y evoluciona sin artificios. Chamorro ofrece una interpretación ajustada, donde el peso del silencio se convierte en una forma de hablar. Su trabajo complementa al de Furiase, creando una pareja que se escucha sin saber cómo comunicarse, pero que se sostiene.
La imagen como vehículo emocional
David Cortázar, responsable de la fotografía, traduce ese universo emocional en una paleta visual que evita lo decorativo para centrarse en la atmósfera. Su cámara no embellece ni distrae: acompaña. Los encuadres largos, la luz natural, la elección de los planos… todo está al servicio del relato interno de Felisa y Sebastián. Es una fotografía que respira con los personajes y que contribuye, de forma sutil, a narrar lo que ellos no saben expresar.
Un arte que construye desde lo simbólico
En esa misma línea, el trabajo de Raquel Troyano desde la dirección de arte aporta una dimensión esencial a LA BODA. Los espacios no solo ambientan: reflejan estados emocionales. Los tonos elegidos —amarillos, verdes, rojos— no son decorativos, sino expresivos. Como explica Troyano: “Los colores no están ahí por casualidad: son emoción pura, pulso manchego y el termómetro del alma de los personajes.” Su equipo, liderado en su mayoría por mujeres, logra que el arte funcione como una capa más de la narrativa emocional de la película.
Una propuesta que merece ser atendida
LA BODA se queda en la memoria por su honestidad, por su humanidad y por el respeto con el que trata a sus personajes. Furiase y Chamorro ofrecen dos de las interpretaciones más contenidas y poderosas del cine español reciente, y el trabajo visual que los arropa eleva aún más la propuesta.
En una temporada marcada por historias ruidosas y grandes nombres, LA BODA recuerda que a veces lo más transformador nace en lo más sencillo
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