Algo esconde Todos lo saben tras su aparente minimalismo argumental. Está oculto entre los muros de la iglesia de ese pueblo serrano, de sus gentes con rostros curtidos por el sol y la vida; de las aparentemente inocuas habladurías, envidias y viejas rencillas vecinales y familiares.

La historia arranca con un imponente ejercicio de puesta en escena, el más complejo de la carrera del director. Los primeros compases nos ponen en situación, destacando la impecable presentación del amplio abanico de personajes.

En el lienzo de Farhadi, todos los personajes parecen estar milagrosamente en su sitio, haciéndonos olvidar la importancia de cada uno de los actores que los representa. Sorprende la perfecta integración del iraní a nuestro país y a la idiosincrasia de un carácter con tantas luces, sombras y colores. Tal vez por tratarse de aspectos universales.

Tras ese primer acto, y una vez desatada la tragedia, los tonos ocres y la luminosidad dan lugar a la oscuridad. Arranca el Farhadi más reconocible, el que a través de un guión preciso y aparentemente austero deja aflorar asuntos capitales como la complejidad social o la crisis de familia.

Esa austeridad de su guión contradice a quienes han tachado de “culebrón deluxe” el giro argumental. De igual modo, el director huye de efectismos y deja que sean los personajes los que hablen, renunciando incluso a la banda sonora, siendo una jugada valiente tratándose de un mix de géneros -thriller y drama intenso- tan potente. La ausencia de notas musicales -tan solo un par de canciones a lo largo del metraje- no merma la tensión atmosférica que invade el relato, cuyas transiciones están marcadas por la fotografía y los comportamientos de los personajes.

Ese segundo acto se ve enriquecido por la irrupción de dos interpretaciones fascinantes. La primera llega con un Ricardo Darín insuficientemente elogiado, en un personaje que se enfrenta a una de las dicotomías más interesantes del film, entre la fé y la razón.

La segunda llega con Bárbara Lennie, que tras pasar de puntillas durante la primera parte erupciona con todo un recital interpretativo que la postula como clara aspirante a los premios nacionales interpretativos. El suyo es uno de los mejores personajes de la película.

No podemos olvidarnos de unos camaleónicos Eduard Fernández, Elvira Mínguez y Ramón Barea. Incluso las interpretaciones de los más jóvenes, un lastre no poco habitual en grandes películas, están a la altura.

Pero si algo destaca es el trabajo de su tándem protagonista: Penélope Cruz y Javier Bardem. La primera aparece totalmente desglamurizada, alejada del universo Hollywood o Almodóvar -quizá más cercana a sus incursiones en Italia-, impresiona con un compungido personaje que corría el riesgo de saturar. Ella es el alma de la película.

El de Bardem es un papel menos agradecido pero igualmente meritorio, marcado por una contención que descubre una nueva faceta del monstruo canario.

Quizá la película sea un poco esclava de su contención argumental y se eche en falta algún giro sorprendente. Pero el logro de Todos lo saben reside en la apasionante riqueza y complejidad de todo lo que rodea a su núcleo y en su perfecto envoltorio. Probablemente se trate de una película que gane con el paso del tiempo.

Puntuación: 8

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Algo esconde Todos lo saben tras su aparente minimalismo argumental. Está oculto entre los muros de la iglesia de ese pueblo serrano, de sus gentes con rostros curtidos por el sol y la vida; de las aparentemente inocuas habladurías, envidias y viejas rencillas vecinales y familiares. La historia arranca con un...