La ansiedad del folio en blanco, algo a lo que todos los escritores se enfrentan, y algunos con mayor fortuna que otros, logran sobrevivir a ello para conseguir construir una ficción. Así se siente el protagonista de la nueva película de Manuel Martín Cuenca, un hombre que tiene vocación, pero al que quizá le falta talento o no sabe cómo canalizar su pasión por la escritura. Para colmo se encuentra en la tesitura de combatir el gris del día a día, trabajando en una notaría, que no le llena, aguantando a la gente a la que considera vacía, y conviviendo con la idea de que su mujer, ha conseguido escribir un éxito de ventas literario. Con esos mimbres, y basándose en la novela “El móvil” de Javier Cercas, el director crea una comedia negra, con mucha acidez y mala baba sobre el proceso creativo, la búsqueda de la propia voz artística y la persistencia de la voluntad en las personas que tienen alguna vocación.

A modo de vacaciones forzosas o excedencia existencial, consigue alejarse de todo lo que le rodea e instalarse en un apartamento como inquilino con la intención de encontrar la verdad, aconsejado por un profesor de un taller de escritura al que acude, y con la certeza de que hará todo lo posible por satisfacer esa necesidad apabullante por conseguir encontrar su propia literatura. De esta forma establece relaciones con los distintos habitantes del edificio en el que ahora vive, y manipula a su antojo las vivencias de éstos, y así ir descubriendo los nuevos pasajes de su “novela” que a la vez es su vida, y sin darse cuenta, él también es protagonista como juez y parte de su actividad narrativa. Un callejón que va estrechándose, cuando los demás participantes de este juego, también intervendrán perdiendo así un dominio que determinará un final para la historia que transcribe y transita.

Quizás el guión fracase en esa búsqueda imperiosa de la realidad como inspiración en la literatura, forzando algunas situaciones, como por ejemplo las que desencadenan ese final algo trufado de impostura, aunque se presupone deliberación en esta decisión y que forma parte de esta artificiosidad de pretenciosidad ficticia, porque recordemos que se describe a una persona que supuestamente no ha sido dotada de talento ni imaginación.

Así es este film de impacto racional y lleno de un cinismo estimulante en el que Martín Cuenca abandona, los silencios que habían determinado sus anteriores obras: “Caníbal” o “La mitad de Óscar” y el uso de la palabra se convierte en el estandarte de una película con una puesta en escena sencilla pero llena de detalles. La trama es una especie de malsana investigación de campo que impregna cada fotograma y al propio público ávido de curiosidad ante lo que nos cuenta, escuchando por el patio interior del edificio, atendiendo a la portera o en las conversaciones de pasillos y ascensores, como ya ocurría en la estupenda “Mientras duermes” de Jaume Balagueró. Pero esta no es una historia sobre murmullos y cotilleos, y tampoco sobre psicópatas con ganas de hacer el mal, sino sobre el control de un intento de narrador sociópata ante su propia historia, o la falta de ese poder, que hace que los relatos fluyan solos, sobre todo si los intentas sujetar bajo la extravagante idea de la manipulación de la vida de tus vecinos, y en ese sentido recuerda a una de las mejores películas sobre la creación literaria, vistas recientemente: “En la casa” de François Ozon, pero en la andaluza ciudad de Sevilla.

Javier Gutiérrez es el protagonista de “El autor” con un personaje muy complicado en el que se desnuda literal y metafóricamente y consigue brillar escuchando, con unos ojos silentes y llenos de frustración, dolor, ilusión y satisfacción, en diferentes pasajes de la historia, y en notables estallidos tras la contención de un personaje que camina entre el narrador presente y el autor de las acciones del resto. En uno de los personajes más interesantes del film, encontramos a Adelfa Calvo, actriz que roba sus escenas con una naturalidad y oficio impresionantes. Antonio de la Torre consigue adoptar el tono de la película imprimiendo en su intervención la intención adecuada para que la película se vea tal y como es.

La película consiguió ser premiada con el FIPRESCI, en el último festival de Toronto, y viene con fuerza en la próxima temporada de premios, ya que es uno de los ejercicios de estilo más contundentes que podemos encontrar en la cinematografía española en el año que nos ocupa, y proviene de un director siempre interesante y que nunca recorre la vía más fácil o accesible, pero nos recompensa con la claridad de un verdadero autor.

NOTA EL BLOG DE CINE ESPAÑOL: 8.

Chema López

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