Una vez más, Guerín se pone el traje de aventurero de lo cinematográfico y da un salto de fe al vacío de lo experimental. Hace poco tuve la ocasión de ver por primera vez “Tren de sombras” y aún estoy salivando con tremenda joya del fantástico. Pero no quiero andarme por las ramas, “La academia de las musas” está más en la línea de “En construcción”.

En esta ocasión la mirada de Guerín sigue el formato del pseudo-documental perverso (por su ambigua realidad), pervertido (por su intrusismo voyeur) y aséptico: planos fijos que atrapan en un solo cuadro la (poca) acción, juegos arrítmicos de plano-contraplano, cortes a negro histriónicos que funcionan como signos de puntuación de los párrafos verbales de cada personaje, y distancia, mucha distancia entre el objetivo y lo subjetivo (sujetos separados muchas veces por ventanas o cristales para propiciar la intimidad y la cámara invisible).

A pesar de su forma mecánica, la película está cargada de dinamismo. Guerín construye un relato que funciona como un libro de diálogos platónicos: conversaciones imantadas con ideas brillantes y disquisiciones con requiebros filosóficos. El pivote sobre el que giran todas las palabras: Raffaele Pinto, adúltero de profesión, cuya elocuencia y carisma sólo son comparables al lúcido uso del relativismo con el que siempre lucra su propio ego.

¿Qué transmite “La academia de las musas”? Que cuanto más conocimiento, mayor confusión; que cuanta más sabiduría, más pantanosa es la separación entre el bien y el mal; que cuanto más diálogo, más difusa está la “verdad absoluta”.

Me gustaría reseñar el elemento fantástico que subyace durante muchos momentos de la película: se construye una realidad esmerilada, constituida por un mundo daimónico y mitológico asumido intelectualmente por los protagonistas; los poemas son los verdaderos libros de Historia y la palabra es un cetro de poder que cambia de bando continuamente.

Y como algo secundario: la emoción en lo concreto. Los personajes hablan sobre ella en abstracto, bifurcando y desviando el reflejo de la propia hasta que no hay más remedio, y sólo entonces se enfrentan a ella… para volver a divagar. Y a divagar. Y a divagar.

Charlatanería. Pura charlatanería. Como esta crítica.

Ésa es la lección que aprendí en “La academia de las musas”: el único poder de las palabras es decorar un espacio en blanco para toda la eternidad.

Nota El Blog de Cine Español: 8

Fernando Polanco

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