¿Qué hacer cuando no puedes ocuparte de tu hijo? ¿Qué ocurre cuando éste no quiere vivir en un centro de menores y vuelve a ti? Los lazos que se establecen naturales entre las madres y sus descendientes, es un tema recurrente de la ficción en general. Muchos autores han hablado con voz propia sobre esta temática en literatura, cine y otras disciplinas artísticas.

En “La madre” el centro del conflicto nos sitúa justo en ese momento donde esta relación instintiva está contaminada por la falta de recursos y el cansancio que produce la incapacidad de avanzar. La precariedad es el principal látigo y las heridas malcuradas son bloques de hielo que se sitúan entre los dos personajes principales impidiendo que el cariño y la necesidad de proteger o de ser protegido puedan surgir de manera orgánica.

De hecho, ha nacido entre ellos un muro que solamente se sortea mediante desprecio y agresividad, en la opacidad es la única manera que tienen de atenderse y de llamarse cuando irremediablemente se buscan entre el lodo de la desesperanza.

Alberto Moráis nos coloca en el punto de vista del menor para contar esta historia dura, que visita la rutina del protagonista. Miguel, es un chico de catorce años que se sobrepone a los golpes con estoicidad y rabia. Su situación está contemplada y vigilada por los servicios sociales y los espectadores somos observadores como parte este recurso confirmando las dificultades de hacer frente a esta problemática por este tipo de organismos, pero también huyendo junto con el personaje hacia la nada, lejos de un destino al que no quiere regresar.

“La madre” es una coproducción con Rumanía, ampliando así las miras de la situación social de nuestro país, reflejando también las condiciones de los inmigrantes de los países del este a las zonas rurales de España, intentando labrar un presente y creando relaciones con los lugareños. El personaje de Bogdan, un rumano ex amante de la madre, conforma una trama satélite que consigue que las aristas del tema central tengan un contexto más elaborado. De esta manera el juego del ratón y el gato entre el personaje del chico y su presente sea más dinámico visualmente y doloroso desde un enfoque argumental.

La película es un interesante reflejo de la desgracia desde dentro, pero no hay picaresca ni miseria gratuita en los fotogramas. Hay angustia y sobre todo un poso de tristeza que nos va custodiando hacia la que parece una solución única. La reiteración de las situaciones y la realidad social casi no da respiro a los espectadores, Ante todo nos encontramos ante un film que desea ser fiel a su paisaje y problemática, como ocurría en la reciente “Techo y comida” de Juan Miguel del Castillo, aunque sean películas notablemente distintas. Hay escasos momentos en que podamos ver recovecos de ternura en las secuencias de “La madre”, pero sí mucha humanidad. En especial en el personaje que interpreta Nieve de Medina, aunque evitando ningún momento azucarado.

Javier Mendo, interpreta con mucha solvencia al joven protagonista de la película, la cámara se apoya en su mirada en gran parte del metraje y tiene una extraña capacidad para conmover casi sin gestos. Para el personaje de la madre, Laia Marull vuelve a convencer con un personaje complicado y que rara vez puede conseguir la simpatía del público. Demuestra una vez más su infalibilidad y en alguna escena nos hace recordar su capacidad para hacer gráfica la vulnerabilidad como ya había ofrecido en películas como “Te doy mis ojos” de Icíar Bollaín.

“La madre” es cruda, es austera y tiene el objetivo de la cámara pegado al suelo, tiene el rictus contrito y el ceño fruncido de desaliento y es así porque las personas que retrata no pueden levantar demasiado la cabeza de ese suelo, por imposibilidad y porque el cielo queda demasiado lejos para creer en los milagros, y ya han cerrado muchas ventanas a su oscuridad para atisbar nuevas puertas. Quizá el optimismo nos esté esperando en el esfuerzo de volver a puertas conocidas.

Nota El Blog de Cine Español: 7

Chema López

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