Con la muerte física de Luis García Berlanga desaparece el hombre pero perdura la obra. Su universalidad queda siempre viva, sus películas acompañarán a las futuras sociedades por los siglos de los siglos, dejando el poso del primer día de su estreno, su importancia histórica, su valor narrativo y su personal forma de ver la sociedad en la que tuvo que vivir. Cuando algún famoso (o popular) fallece (y en este caso de forma natural, es decir el tiempo no nos perdona) la sociedad bien pensante se lanza a un festín de parabienes, recordatorios, destacados, aleluyas, ofrendas y demás, como si por primera vez se descubriera la valía de una persona que ha dejado con su presencia y su obra testimonio de su importancia histórica en un campo determinado como es en este caso el cinematográfico. Qué valor tiene decir ahora si la mejor película de Berlanga es “El verdugo” o “Plácido” o “Bienvenido, mister Marshall”, si el director valenciano fue un destacado crítico de la sociedad franquista que vivió, o si la censura le echo por tierra más de una docena de proyectos, cuando todo esto es algo que desde su primer trabajo junto con Juan Antonio Bardem ya se anunciaba y se desarrolló a lo largo de los años útiles (profesionalmente) que tuvo Berlanga. Qué valor tiene hacer panegíricos y panegíricos de su valía como hombre y como profesional si toda su vida fue eso, un valor total en una cinematografía marcada por las circunstancias históricas y por sus circunstancias personales.

Lo mejor cuando se muere alguien público, que deja una obra incuestionables, más allá de lo temporal, es seguir admirando su obra, repasándola, recreándola, para así ofrecerle el mejor homenaje, el de la continuidad del respeto a quien utilizando el cine como herramienta nos permite conocernos un poco mejor.

   Ruiz de Villalobos

 Luis García Berlanga ha sido el cineasta español más grande (Buñuel hizo la mayoría de sus films fuera de nuestras fronteras), con el se marcha una forma de ver el mundo, un creador libre y genial, pero por suerte queda su obra, sus películas. Estoy de acuerdo contigo en esta ocasión y sin que sirva de precedente, amigo Miguel-Fernando, en que es justo cuando una persona así fallece cuando los medios hacen todo tipo de loas y alabanzas, casi de forma hagiográfica, hay un cierto culto a la necrofilia. Es mejor que los reconocimientos se hagan en vida, pero es que en este caso Berlanga disfrutó del reconocimiento que se merecía. Su legado permanecerá.

Berlanga se consideraba vitalista, erotómano y fetichista. Fue un creador de frases muy originales y subversivas, como: “(…) Yo, cuando me siento demagogo digo que el erotismo es cuando lo hacen los ricos y  pornografía cuando lo hacen los pobres. El erotismo es la pornografía vestida de Dior”.

El mejor tributo que podemos hacer a Berlanga, además de ver sus películas, es ser libres.

                    José López Pérez

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