En el mundo de “Mi pequeño Pony” nadie pide disculpas por ser ñoño, cursi y lleno de fantasía romántica absurda, y no lo hace porque no hay nada de malo en ello. A veces podemos, y debemos, dejarnos llevar por la Corín Tellado que llevamos dentro y dejar que entre en nuestras vidas ese rayito rosa y arcoiris como lo era el mundo del dichoso caballito. Pues esto es lo que nos proponen los Hermanos Alenda, entrar en una película que es pastelosa, romanticona y además no se avergüenza de ello.

Con las excusa de revivir un día en la vida de una pareja ya en las últimas, el guión nos propone a un viajero en el tiempo que, con la ayuda de un Cupido muy particular, pretende revivir un amor gastado por la incomunicación, el abandono, la falta de dedicación, los detalles. Revivir, a fin de cuentas, el final de ese amor romántico de príncipes y princesas de cuento que se dan con los morros cuando resulta que el príncipe azul no es más que un daltonismo de un hombre normal, dedicado a todo menos a seguir apuntalando esa relación con mimos y cariñitos.

Y, como en su presentación ante el público en Valladolid dijeron tanto los hermanos Alenda como los protagonistas, es una película hecha con mucho amor. No podía ser de otra manera, hecha con amor desde la base, porque todo gira alrededor de la relación de esa pareja, que empieza, como todas, de forma original, única pero también idílica como si el universo hubiese estado conspirando para que esas dos personas acaben juntas. Lo que el universo no controla es la rutina, los desplantes involuntarios, el avivar la llama que requiere que ese amor siga funcionando. Pero lo sentimos más todavía cuando las dos personas que lo protagonizan se encargan también de enamorarnos a nosotros. María (María León) no puede ser más “guay”, no podemos dejar de mirarla ni un instante. Esa mezcla de rebeldía, chonismo, sencillez con dulzura, aventura y espontaneidad hace que muchos hiciéramos, con los ojos cerrados, ese viaje en el tiempo para tener una última oportunidad de recuperar aquellos días felices y quedarnos para siempre. Pero también está Javier (Javier Rey), que con ese aire despistado, perdedor, cerebrito e incluso obsesivo compulsivo entiendes la fascinación que causa en alguien como María, acostumbrada a otro tipo de príncipes que seguramente también se volverían ranas.

Sin duda el trabajo de creación de esos dos personajes era arduo pero nadie mejor que estos dos grandes actores para darles vida. María León no es que nos sorprenda haciéndose querer pero sí en ese lado más depresivo, serio e incluso hastiado de María al final de la relación; y Javier Rey, que pasa de inocentón veinteañero que descubre el mundo por primera vez a adulto sobrio, aburrido y preocupado en sí mismo que puede que se dé cuenta tarde de lo que está tirando por la borda. Mucha culpa la tienen César y José Estebán Alenda, forjados en el corto, no en vano fueron nominados al Goya por “Matar a un niño” y “El orden de las cosas”. Aquí afrontan su primer largo con valentía, de un proyecto marciano donde sacan petróleo de sus dos intérpretes y cubren así las carencias de un guión a veces algo tramposillo y facilón.

“Sin fin” es un oportunidad de sacar nuestro lado más romanticón y dejarnos llevar por el cuento sin poner excesivas trabas a los errores, que los hay, en la película. Así como los Hermanos Alenda superaron una clara falta de presupuesto con almíbar nosotros podremos perdonar que a veces se nos regale una experiencia más para el corazón que para el cerebro, a fin de cuentas el cine también son sentimientos, ¿No?

Nota 7

Paulo Campos (@opaulocampos)

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En el mundo de “Mi pequeño Pony” nadie pide disculpas por ser ñoño, cursi y lleno de fantasía romántica absurda, y no lo hace porque no hay nada de malo en ello. A veces podemos, y debemos, dejarnos llevar por la Corín Tellado que llevamos dentro y dejar que...