Después de la adrenalina de Celda 211 (2009) y El niño (2014), Daniel Monzón se pasa a la comedia con Yucatán (2018), una cinta que nos traslada al año 2008, en el que medio mundo empezaba a sentir la crisis económica, eso sí para que el trago sea menos amargo el director mallorquín mete a sus personajes en un imponente crucero. Un crucero en el que trabajan una panda de estafadores hambrientos y capaces de desplumar a cualquiera que se les ponga por delante. Clayderman (Rodrigo de la Serna) es el pianista calculador, Lucas (Luis Tosar) es el antiguo socio al que nadie espera y Verónica (Stephanie Cayo) es una bailarina de la que ambos están enamorados. Un trío de personajes sin ningún tipo de moralidad aparente que cohabitan en una especie de mundo paralelo.

Es muy interesante como Monzón concibe ese mundo a partir de la imbricación de un género tras otro. De esta forma partimos de una película veraniega, para después tener dosis del género de timadores, un poco de musical, romance y al final una buena dosis de cine más naturalista. Porque asumiendo el exceso de metraje de la cinta y lo lento que se suceden los acontecimientos en el último tercio de la misma, también hay que reconocer que esa última media hora es necesaria para subrayar el mensaje de la película, es decir, la triste avaricia que mueve a muchos en periodos de vacas flacas. Tanto Clayderman como Lucas no tienen ningún tipo de escrúpulos a la hora de desplumar a cualquiera. Solamente Verónica, muy al final, da una señal de humanidad. Puede que el sexto sentido femenino sea el responsable, ya que Monzón y su guionista finalmente no dejan sin castigo a sus dos protagonistas, como queriendo decir que el dinero muchas veces trae más problemas que alegrías.

No obstante, la moraleja de la historia no exime a la misma de tener constantes dosis de humor que hacen de este viaje en crucero una experiencia muy satisfactoria. Un humor elegante, que nunca cae en lo chabacano y que nos traslada al cine clásico de los estudios de Hollywood. Hay algunos momentos musicales a bordo que rezuman mucha clase, siendo especialmente destacable el trabajo de Stephanie Cayo, una intérprete capaz de mostrarse muy convincente en su personaje y de además deleitar a la platea con una buena voz y grandes habilidades para la danza. Desde luego una actriz muy completa que merece más papeles.

Aunque Cayo no es la única intérprete que consigue iluminar la pantalla. En este juego de piezas y enredos un bonachón anciano, que ha pasado su vida dentro de una humilde panadería, se descubre como el otro gran animador de la trama. Joan Pera, un rostro poco conocido en el firmamento cinematográfico, se introduce a la perfección en el azar diegético de la historia y nos regala un momento de anagnórisis genial para dejarnos claro lo absurdo de etiquetar a las personas, ya que las supuestas víctimas pueden dejar de serlo en cualquier momento.

Nota El Blog de Cine Español: 8

Laura Acosta