La figura de Daniel Calparsoro ya es reconocida dentro de nuestra industria, pues desde su primer largometraje han pasado ya 20 años. Sin duda, entró dentro de la lista de nuevos directores como Álex de la Iglesia o Alejandro Amenábar que marcarían una evolución en una época de cineastas que iba construyendo nuevas vías para nuestro cine, pero es cierto que Calparsoro se ha quedado bastante lejos del éxito cosechado por éstos, bastándose de una personalidad propia que, aún sin pulirla del todo, resultaba (y resulta) interesante a todos luces. Haciendo un recorrido por su filmografía podemos comprobar su pasión por el thriller, ya que practicamente todas van ancladas al género (luego cada una de ellas, tendrá una tonalidad distinta), y aunque algunas parecen mas bien un paso atrás de una carrera con mucha experiencia (como fue Combustión, supongo que para generar un éxito de taquilla, porque sino no lo entiendo), en otras, como este caso, demuestra la versatilidad de un director que consigue con firmeza entretenimiento tan sólidos como la aquí presente Cien años de perdón.

Una mañana lluviosa. Seis hombres armados asaltan la sede central de un banco en Valencia. Lo que iba a ser un robo limpio y fácil pronto se complica cuando la directora de la sucursal (Patricia Vico) desvela un secreto oculto en una de las cajas de seguridad. Los ánimos se encienden entre los líderes de la banda y la sospecha se extiende dentro y fuera del banco hasta llegar a poner en jaque al Gobierno del país.

Cien años de perdón es una película que cuando se centra en el foco que está contando (el atraco de un banco) funciona como un tiro. La energia y el ritmo interno que imprime Calparsoro a toda esta trama (y que afortunadamente es casi todo el metraje) son enormemente solidas, y en ningún momento baja la guardia gracias a lo que bien que desarrolla toda esta parte, sabiendo perfectamente cuando debe relajar la tensión y cuando acrecentarla. En ese sentido, sus creadores, consiguen un entretenimiento muy eficaz donde a duras penas mirarás el reloj porque la historia siempre avanza hacia alguna parte. Esto es debido gracias a un montaje magnífico que apenas ofrece descanso al espectador, al nervio narrativo que Calparsoro añade a la historia y sobre todo a un grupo de actores (en esta parte de la historia) que imprimen una energía que a la película le viene de perlas (atención a un divertido Joaquín Furriel), destacando de forma sobrada un Rodrigo de la Serna impecable, con un personaje que en otras manos, habría caído en la sobresaturación, y que el actor lo controla de forma precisa y con un buen hacer magistral (su presencia hipnotiza la pantalla, comiéndose con patatas a todos sus compañeros…incluido a Luis Tosar, lo que ya es decir mucho).

Lastima que cuando la película se aleja del foco principal (el atraco) el interés del film se desvanece, porque carece de la energía y de la garra que el film estaba consiguiendo de forma aplastante. La trama política y policial termina por resultar rutinaria y, aunque necesaria para el devenir de los acontecimientos, el pulso con el que es tratado no tiene comparación con el de su trama principal, interesando más bien poco. Se agradece la crítica en los tiempos de ahora donde la figura política está inundada de corrupción (y que sea Valencia su principal foco no es una casualidad, desde luego), pero lo abordan de manera tan superficial y con tanta desgana en su libreto que el interés decae de forma bastante pronunciada. Y puede que una de las razones sea un casting, en todo este apartado, bastante irregular, y que, comparándolo con los del atraco, no hay color: Raul Arévalo, pese a sus esfuerzos de crear un personaje muy distinto a lo que estamos acostumbrados en sus últimas interpretaciones, resulta poco creíble en su personaje (y tratado con mucha desgana en su guión) por una decisión de casting errónea; lo mismo podría decir de Marian Álvarez, excelente actriz que aquí parece perdida; y un José Coronado que, aún manteniendo una imponente presencia, no aprovechan las posibilidades de su personaje. La sensación que transmite toda esta trama es que si no hubiera sido añadida tampoco habría importado mucho, sinceramente.

Pese a todo, Calparsoro, cuando se centra en el foco principal, consigue tomar las riendas. Podía no haberse recuperado con esta trama política detrás, pero por fortuna su director consigue volver con fuerza al atraco sin perder ni un atisbo de la emoción que estaba manejando con mucha habilidad. Así, pues, Cien años de perdón es un entretenimiento muy efectivo, que cuando se centra en lo que quiere ser (un thriller de robos) resulta muy convincente y al nivel de los grandes estudios (no por nada…me recordó al inicio de El Caballero Oscuro de forma prolongada), y aunque pueda resultar predecible en ciertos aspectos, sus creadores saben solventarlos gracias a una puesta en escena rigurosa, con unos personajes principales carismáticos (no faltan las escenas cómicas, muy acertadas) y unas interpretaciones estupendas (de la parte que corresponde claro está). ¿Pudo resultar mejor? Desde luego, especialmente si se hubieran ahorrado la trama política, pero eso no impide que el film sea un pasatiempo la mar de efectivo, que consigue con creces su objetivo de entretener….y durante sus casi dos horas, no miré el reloj ni una sola vez.

Nota: 6

Manu Monteagudo

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La figura de Daniel Calparsoro ya es reconocida dentro de nuestra industria, pues desde su primer largometraje han pasado ya 20 años. Sin duda, entró dentro de la lista de nuevos directores como Álex de la Iglesia o Alejandro Amenábar que marcarían una evolución en una época de cineastas...