Este viernes 7 de junio el gigante estadounidense Netflix estrena dentro de su catálogo su principal apuesta del año en materia de cine español. Tras dos cintas de perfil bajo (“¿A quién te llevarías a una isla desierta?” y “A pesar de todo”), “Elisa y Marcela” suponía a priori un golpe encima de la mesa por parte de la plataforma. La apuesta decidida de la compañía por una de las directoras estrella de nuestra industria, en su regreso tras el éxito de público y premios de “La librería”, hacía albergar esperanzas de que este proyecto fuera para Netflix la versión española de su “Roma”: una pequeña de obra de arte, más dirigida a cinéfilos que a público masivo, y con claras ambiciones de lograr premios.

Para optar a esto último, Netflix ha llevado a cabo un estreno técnico en cines, valiéndose de los mismos cines de Madrid y Barcelona que estrenaron comercialmente el último trabajo de Alfonso Cuarón. No obstante, el blanco y negro reinante en ambas cintas no debe llevar a confusión: los resultados finales son muy distintos.

El mayor punto a favor de “Elisa y Marcela” es sin duda la potencia de su argumento. La historia real de amor entre dos mujeres que burlaron a la sociedad de la época logrando casarse por la Iglesia tras hacer pasar a una de las jóvenes por hombre, es fascinante, y desde luego merecedora de llevarse a la gran pantalla. Pero lo que en condiciones normales es una enorme ventaja, puede desvanecerse al tomar decisiones que afectan a la verosimilitud.

De esta forma, Coixet opta por un acercamiento a la historia a través de una visión muy contemporánea. Ya en la primera escena en la que las protagonistas se conocen, inician un flirteo descarado y poco creíble en una zona rural del siglo XIX. En ningún momento se muestra que exista conflicto interior en ellas por los sentimientos que experimentan. El amor que sienten ambas hacia la otra persona del mismo sexo, es planteado de forma natural, sin que existan dudas ni inseguridades. Esa seguridad en la sexualidad es afortunadamente algo evidente en 2019, pero cuesta imaginarla en 1898. En esta misma dirección van las escenas sexuales, estilizadas y con un erotismo propio de anuncio (ay, ese pulpo que debería haber dado mucho más juego…).

De igual manera, podría haber dado más de sí la recreación del entorno como enemigo exterior. El retrato de la familia de Marcela es funcional y cumple su labor dentro de la película, pero resulta poco novedoso. Hemos visto muchas veces personajes como ese estricto padre (buen Francesc Orella) que desdeña la educación y el progreso, pretendiendo que su hija acabe encerrada en un convento antes que permitirle la oportunidad de vivir por sí misma. Esto es expuesto directamente en el personaje de la madre de Marcela, una desaprovechada María Pujalte a la que no tenemos muchas ocasiones de ver en cine. La escena en la que confiesa su pasión prohibida por la lectura, enlazando directamente con el mensaje central de la anterior película de Coixet, queda algo deslazada y lamentamos que no se profundice en la película. Sí nos resulta más actual, desgraciadamente, la intolerancia e incomprensión de los lugareños. El acoso hostil al que se ve sometida la pareja nos retrotrae a las desagradables situaciones que aún hoy en día vive la comunidad LGTBI

En lo relativo a las actuaciones, uno de los principales intereses de la cinta, el duelo interpretativo se decanta con claridad a favor de Greta Fernández. Es cuestión de tiempo que la catalana se convierta en una imprescindible de las actrices de su generación. María Pedraza se quedaba fascinada por Greta en “Amar”, aquella interesante película de Esteban Crespo. Y la verdad, lo entendemos perfectamente. Su particular rostro y su intrigante mirada conquistan a la cámara. Greta Fernández cumple con buena nota su primer protagonista, aportando sensibilidad en las escenas íntimas o sacando toda su fortaleza, cuando se enfrenta dialécticamente a los curiosos del pueblo que acuden a su casa a enturbiar su felicidad.

Eso sí, su interpretación y la de De Molina se habrían enriquecido de haber trabajado el acento; asunto que merece una mención aparte. Chirría mucho el hecho de que en una aldea gallega de hace 120 años, los personajes hablen como si vivieran en Valladolid (con la única excepción de Tamar Novas). También habría que preguntarse si no había otros actores más idóneos que Manolo Solo y Lluis Homar para interpretar a los dirigentes portugueses que tienen una destacada importancia en la historia, y cuyas interpretaciones son cuanto menos, desconcertantes. Llama la atención, por cierto, el contraste que expone la película entre un Portugal mucho más avanzado y moderno frente a una España bárbara e ignorante.

En definitiva, “Elisa y Marcela” tiene el sello de su autora, siempre personal en su mirada llena de delicadeza y sensibilidad, pero desaprovecha el gran potencial que tenía entre manos. Por supuesto es de agradecer la reivindicación feminista que hace Coixet dentro de la película, a través de dos figuras que desafiaron las convenciones de su época, y que la directora termina haciendo explícita en unos créditos finales con imágenes de matrimonios entre mujeres en nuestro país, resaltando el altísimo número de naciones en los que las relaciones homosexuales todavía son consideradas un delito. Sin embargo, un guion no demasiado cuidado, junto a una fallida ambientación histórica, acaba lastrando el proyecto.

Nota El Blog de Cine Español: 5.

Javi Castañeda