Marcos (Roberto Álamo) es un bombero que tras la muerte de su mujer, en los salvajes atentados de Atocha, tiene que quedarse al cargo de su hija Lola. Lo que ocurre es que Marcos, a raíz de semejante tragedia, está inmiscuido en una profunda alexitimia que le impide entender las emociones. Marcos deambula por el mundo incapacitado para sentir cualquier tipo emoción y empatizar con aquellos que las sufren. Esto le provoca muchos problemas, en forma de situaciones incómodas y sobre todo, no es capaz de actuar como padre ni de reincorporarse a su vida laboral de forma segura.

Es extraño constatar que hay pocas películas que traten los atentados acontecidos el 11 de marzo en Madrid. Un trauma de tal magnitud es imposible que no deje un poso de amargura muy profundo y duradero. En Alegría, tristeza (2018) Ibon Cormenzana ha querido retratar de una forma naturalista y ausente de artificio este tema, a través de una persona concreta. Porque muchas veces tendemos a focalizarnos en aquellos que se fueron y nos olvidamos de lo difícil que resulta para aquellos que se quedan. Marcos parece incapaz de superar la pérdida de su mujer, con el añadido de que al ser él un bombero tiene una culpa doble, por no haber podido servirse de su profesión para salvarla. Sin olvidar las cuestiones azarosas que causaron su salvación y la condena de su mujer. No obstante, este sufrimiento se debe intentar exteriorizar porque si no uno corre el riesgo de que se enquiste, como le sucede a Marcos.

El caso del protagonista es extremo, aunque no impide que sea un buen ejemplo de una sociedad actual que se comunica mejor con alguien situado en el otro extremo del planeta que con su vecino. Desgraciadamente solemos tener muchos problemas para hablar de nuestras emociones sin ataduras y cortapisas y en muchos momentos nos cuesta horrores soltarnos para expresar lo que sentimos. Aunque no tenemos porqué compartir solo nuestras alegrías, por mucho que las redes sociales fomenten esas imágenes externas de felicidad perpetua. La vida está repleta de felicidad y tristeza, sin que ello tenga que ser algo negativo. Por eso el título de la cinta es extraño, pero muy real. A pesar de ello, si dejamos que nuestro camino lo guíe el pasado, nos será muy complicado poder abordar cualquier rango emocional. No podemos arribar en el pasado y quedarnos allí a vivir. Tenemos que seguir adelante y no descuidar a aquellas personas que nos acompañan. En el caso de Marcos es triste perder al amor de tu vida, pero como padre no puede abandonarse ante los ojos de su hija.

Al mismo tiempo, resulta admirable como la cinta aborda el tema de los problemas mentales. Hay un momento en el que Luna (Manuela Vellés), una de las médicos del centro al que acude Marcos para ser tratado, le dice a su hija que todos necesitamos alguna vez que nos cuiden. De esta forma la cinta transmite una idea normalizadora sobre las inestabilidades emocionales. No percibimos negatividad o tristeza en la estancia de Marcos en el centro, más allá de alguna secuencia con un interno. Pero lo que si vemos son dos formas muy distintas de abordar el tratamiento de un paciente. Por un lado, está el doctor Durán (Pedro Casablanc) que prefiere la terapia de choque y por otro lado, Luna que cree en la recuperación más natural y progresiva.

Y precisamente es en el guion donde la película flojea más. Es muy forzada la relación del doctor Durán con Marcos y sus ganas de venganza. Cuesta no infringir en ese momento el pacto de credibilidad que uno establece con la película. Además hay momentos en los que se dan excesivas vueltas sobre lo mismo y el ambiente gélido de la historia no ayuda a empatizar, aunque la secuencia en el puente con Marcos y su hija es preciosa.

En definitiva, es una película recomendable que posiblemente hubiera quedado en mucho menos sin la entrega absoluta de un Roberto Álamo tremendamente feroz y vulnerable.

Laura Acosta

Nota El blog del cine español: 7