Si en Stockholm (2013) Rodrigo Sorogoyen exploraba las relaciones tóxicas y los amores líquidos y en Que Dios nos perdone (2016) se metía en lo más profundo de las miserias y miedos humanos, ahora con El reino (2018) el realizador madrileño se lanza a diseccionar a toda una clase política que en España se ha caracterizado durante décadas por su sinvergüencería y su completa falta de moral. Manuel (Antonio de la Torre) es un político autonómico con grandes aspiraciones de llegar al ámbito nacional, hasta que un día resulta implicado en una trama corrupta y cae en desgracia. Sus hasta hace días amigos le dejan de hablar y el partido intenta sobrevivir a su costa. Pero con lo que no cuenta nadie es con el espíritu de supervivencia de Manuel, que será capaz de todo con tal de no ser el único en bajarse de las confortables comodidades del reino político.

Una playa, un tipo filmado de espaldas habla por el móvil. Parece llevar las riendas de una conversación que nosotros sólo percibimos en off. La conversación finaliza y la cámara sigue al tipo hasta el interior de un restaurante. En una especie de reservado un grupo de hombres y una mujer comen, beben y hablan alto. El tipo de antes, al que ya vemos el rostro, se introduce en el grupo justo en el centro y se agarra a la conversación con gran sensación de liderazgo. Entre enormes gambas rojas, los amigos que resultan ser importantes cargos públicos, babean y sorben las cabezas del marisco. Así es como empieza El reino, es decir, en un contexto de absoluta sensación de impunidad. Pero claro entre mangantes la fidelidad es un bien muy preciado y cuando uno de los amiguetes confiesa, poco a poco irán cayendo el resto. Porque por mucho que en la teoría la política sea definida como “la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos”, en El reino la política es equivalente a la gestión más beneficiosa posible del bolsillo de cada uno.

Este reino concebido por Sorogoyen e Isabel Peña es un entorno totalmente asentado en el que los peones pueden caer, pero los reyes se mantienen inalterables. Y si por un casual alguien osa alterar el universo, las cloacas del estado no dudan en penar con la muerte, si hace falta, al insumiso. Haciendo un inciso, debe decirse que la parada en la gasolinera y la posterior persecución en mitad de la noche resulta basta inverosímil, pero cuando la película es buena ese tipo de pequeñeces no se tienen en cuenta. No obstante, el reino se topa con Manuel, un insumiso listo que aunque no ha terminado los estudios conoce muy bien la lengua de la calle. Pero no sólo la lengua de la calle, sino que se sabe acercar, cuando más le conviene, a la opinión pública que personifica una hipnótica Bárbara Lennie. Ella es la presentadora de uno de los programas de actualidad política y él es el tipo acorralado que ve en el periodismo su última salvación. Eso sí, sin por ello dar ningún síntoma de arrepentimiento previo que le pueda acercar a una redención. Para este tipo de personajes lo que hacen no es algo extraño y es por ello que el mismo Manuel reconoce no haber hecho nada que no hiciesen otros. Vamos que si los demás se forran a manos llenas, ¿por qué no lo voy a hacer yo también?

Hay dos secuencias en las que vemos a Manuel nadando con su hija que reflejan muy bien el tránsito del personaje desde el más profundo endiosamiento, del que se atreve con todo, a la toma de conciencia del que decide reservar fuerzas para el regreso a la orilla. Y estas dos secuencias sirven para mencionar el solvente trabajo de un siempre ubicuo Antonio de la Torre. Da igual que ésta sea una película eminentemente coral, ya que sin un actor todo terreno la película no habría llegado a tan buen término. Todos los actores están excelentemente engarzados en la narración, sin que ninguno de ellos desentone con la atmósfera de la historia, exceptuando Ana Wagener que es una gran actriz, pero que aquí queda lastrada por un acento más proclive a despertar risas y que choca con la general seriedad de la cinta. Una cinta que está magníficamente dirigida por un Rodrigo Sorogoyen que junto a su equipo sabe dotar de un innegable ritmo a la historia. En ningún momento la acción cae en lo confuso y farragoso, muy al contario el espectador observa extasiado durante sus más de dos horas de metraje lo que allí acontece. También resulta un acierto la elección de la música extradiegética que llena los planos de una sonoridad electrónica y agresiva que cohabita muy bien con un montaje brusco y salvaje muy apropiado para las características de los thrillers más oscuros. Da igual que la narración nos resulte muy cercana y realista. Aquí se está hablando del poder y la mentira y esos son dos sustantivos que podrían habitar dentro de los thrillers más tremebundos de la historia del cine.

Laura Acosta

Nota El Blog de Cine Español: 9

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Si en Stockholm (2013) Rodrigo Sorogoyen exploraba las relaciones tóxicas y los amores líquidos y en Que Dios nos perdone (2016) se metía en lo más profundo de las miserias y miedos humanos, ahora con El reino (2018) el realizador madrileño se lanza a diseccionar a toda una clase...