Vaya por delante que estas líneas son más un comentario personal sobre la película y no una crítica. Añadir que no tengo, en modo alguno, ninguna clase de animadversión hacia el señor Merinero. No tengo el placer de conocerle, más allá de su obra, por lo que no tengo por objetivo dañarle ni faltarle el respeto, aunque al final de estas líneas ese parezca el objetivo. Soy consciente de que es muy apreciado y respetado en gran parte de los festivales de nuestra geografía y, a mi parecer, se trata de una persona con mucho amor al noble arte del cine y que tiene una amplia (y demostrada) experiencia en cortos y películas. En fin, al lío.

Al parecer, la película de la que hablaremos a continuación, será la primera de una trilogía. Merinero se refiere a ella como una “película viva” (lo que el resto del mundo conocemos vulgarmente como “un documental”) donde en apariencia, el público asiste a una representación natural, espontanea, que carece de guión o dirección.

Aclarar que todo esto es, a ojo de quien esto escribe, totalmente falso. Merinero tiene un guion que sigue a pies juntillas.

Sí, tiene un modo muy particular de llevar su película, improvisando (innovando, dice él) y dejando que las actrices reaccionen y respondan de manera fresca y natural. Pero se nota impostado. Merinero (me niego a llamarle director. De ningún modo voy a referirme a el bajo ese término) lleva a sus actrices a donde le conviene en cada momento, ya sea faltándoles el respeto, metiendo palabras en sus bocas, cortando cuando no le interesa lo que le responden…
La película, sobre el papel, suena interesante. Merinero quiere filmar un documental sobre una antigua novia a la que no ha podido olvidar, residente en Canarias y que ha pasado algún tiempo en la cárcel. Como premisa, resulta prometedora. ¿Qué podría salir mal?

Por desgracia, todo.

La película carece de norte. En todo momento se nos presenta como un documental, pero como decía antes, no lo es. Es un ejercicio de metalenguaje que solamente Merinero parece entender.

La película es una oda a su única estrella. El ego del autor. Él solito se encarga de la fotografía, del guión, la edición y la direcc… (No, me niego a atribuirle ese crédito).

En un momento se nos presenta la idea, que como decía más arriba, parece interesante, pero más interesante es que Merinero la controlará desde las sombras. Su idea es fichar a una actriz para que se encargue del proyecto, haciéndose pasar por una reportera, antigua novia del Merinero, que por despecho va a realizar el documental. Y durante una primera hora interminable vemos a un manipulador y desagradable Merinero entrevistando a varias actrices (que a su vez han sido antiguas novias o parejas sexuales), dejando claro que no puede confiar en ninguna y que solo él puede hacerse cargo del proyecto, así que cambia de objetivo. Y la película se convierte en un interminable casting para encontrar a una actriz que quiera hacerse pasar por su pareja.

Conoceremos a diversas actrices, sometidas a entrevistas surrealistas, siendo adoradas, agasajadas para que acepten el papel, pero que acaban rechazando las condiciones (escenas de cama y desnudos) y por ellos son ignoradas, descartadas, despreciadas e incluso (secuencia dolorosa donde las haya) abiertamente insultadas.

La película tarda más de una hora en dar inicio y le pesa, pero nos sirve para conocer al autor, a su ego, su pedantería, su pretenciosidad y su desprecio hacia todo el que no piense como él.

Y todo esto a modo de documental. Pero nos damos cuenta por su forma, que todo es impostado. Todos actúan. Todos interpretan un personaje perfectamente delimitado. Y nos damos cuenta de ello desde el primer minuto, por lo que, desde ese momento, el metraje y la trama carecen de sentido.

Soy consciente de que Merinero es muy juguetón y que se salta las normas del cine y del documental “innovando” durante cada minuto de (su interminable) metraje. Lo que nos trae es un ejercicio de metalenguaje que solo él y sus allegados parecen entender.

El público asiste, totalmente desorientado, a extremos cambios de localización, a incomodas seducciones, a sesiones de insultos y conversaciones de Skype sin explicación ni sentido.

Todo esto aderezado con una puesta en escena digna de un estudiante de cine ya no de primer año, sino de primer trimestre. Encuadres sin interés, imaginación o sentido, cuando no abiertamente ofensivos (esos babosos “repasos” a la anatomía de sus actrices, en busca y captura de sabrosos escotes), planos desenfocados por doquier(!!), un montaje epiléptico que deja a Michael Bay como un profundo amante del planos sostenido, un salto de formatos que ni siquiera se ha molestado en etalonar o igualar en postproducción, cantidad de planos vacíos que podrían haberse quedado en la sala de montaje, secuencias que no hacen avanzar en modo alguno la trama (como esa secuencia en la que está leyendo una serie de mensajes en su teléfono… Entre lo patético y lo delirante…), un doblaje patético (no cuadra ninguno de los labiales) o directamente, esos planos sin estabilizar, que están ahí para mostrar que es cine improvisado, pero no… Son planos feos, malos y sin sentido. Y para terminar, unos créditos (iniciales y finales) de plantilla básica de programa de edición, con logos de productoras reescalados, pixelados, a baja resolución, de pura vergüenza ajena.

En resumen, un despropósito se mire por donde se mire. Una propuesta que si merece algún respeto es por el esfuerzo de las actrices, todas ellas, en especial, una fabulosa Montse Berciano y una divertidísima Carmela García, quienes aportan un sentido del humor (muy) necesario para hacer medianamente soportable esta mediocridad.

Para mí ya es tarde, pero ustedes pueden ignorarla por completo.

Fíjense que hasta me sabe mal haberles hecho perder los cinco minutos que han tardado en leer esta reseña…

Lo mejor: Las actrices. Todas.
Lo peor: Todo lo demás.

Wiman González

RedaccionCríticasCAPTURAR (LAS 1001 NOVIAS),crítica,Fernando Merinero
Vaya por delante que estas líneas son más un comentario personal sobre la película y no una crítica. Añadir que no tengo, en modo alguno, ninguna clase de animadversión hacia el señor Merinero. No tengo el placer de conocerle, más allá de su obra, por lo que no tengo...