El director Alberto Rodríguez presentó ‘El hombre de las mil caras’ en la pasada edición del festival de San Sebastián, el mismo escenario que hace dos ediciones acogió con entusiasmo ‘La isla mínima’, una de las películas más aclamadas del cine español.

Tras su estreno en cines, ‘El hombre de las mil caras’ es ya una de las películas españolas más taquilleras del 2016 y una de las más claras aspirantes en la temporada de los premios. Por ahora, ya ha recibido la Concha de Plata a mejor actor (Eduard Fernández) y el Premio Feroz Zinemaldia, dos reconocimientos que ya logró con ‘La isla mínima’.

Rodríguez, director de títulos como ‘7 Vírgenes’, ‘After’ o ‘Grupo 7’, nos ha contado los entresijos de este biopic sobre una de las figuras más enigmáticas y controvertidas de la historia político social reciente en España. Os dejamos con nuestra entrevista a Alberto Rodríguez:

 

Alberto, ¿cuál ha sido tu mayor dificultad a la hora de trasladar un hecho real y a su vez envuelto de secretismo a la gran pantalla?

Lo que yo trato siempre es de contar historias que me interesan y luego encontrar una solución formal a la hora de llevarla a la pantalla. En este caso, en la fase de documentación hubo un momento en que dijimos que jamás íbamos a saber qué ocurrió aquí porque las teorías, incluso de los periodistas que investigaron durante años, son tan dispares… Es tanto el ruido mediático que hay alrededor de todo lo que ocurrió que hubo un momento en el que la decisión que tomamos fue lo más honesto que podíamos hacer: plantearlo como una una ficción que abiertamente fuera ficción también para el espectador. Una película mucho menos sobria y hecha para recordar al espectador que lo que está viendo es una película, no va más allá. Sí que pretendíamos que fuera una película de lo más entretenida posible y que el espectador la disfrutara, porque creíamos que luego, si se llevaba un par de preguntas a casa después de ver la película, ya habíamos llegado a donde queríamos llegar. Probablemente serían las mismas preguntas que nosotros nos hacíamos cuando nos encargaron la película al principio y estábamos leyendo el libro.

La película tiene claramente un ritmo muy ágil. Con un libro tan documentado, ¿cómo organizas todo ese esqueleto para rodar la película?

La película está basada en un libro periodístico de investigación. Aparte de encontrarnos en la obligación de “ficcionarlo”, como te he comentado antes, también debíamos construir un discurso cinematográfico y esa es la tarea más compleja, ya que esta película nos la encargan en el 2012, dos años antes de “La isla mínima” y terminamos rodando en 2015. También hubo una fase de montaje que duró 9 meses, porque la película duraba 3:20 horas y termina condensada en dos horas. Se ha rescrito muchas veces durante el proceso que es lo lógico y lo normal. Pero lo más complicado fue vertebrarla, encontrarle un cuerpo a la manera de contar esta historia.

En tu película tocas un tema que, a pesar de haber transcurrido hace años, nos resulta muy cercano a los de generaciones más recientes.

Sí. Es una de las cosas que más nos llamó la atención a la hora de leer el libro al tener la sensación de estar leyendo la tramoya de cualquier noticia. Pensé que el telediario de la noche se podía abrir con esto que estoy leyendo aquí. Y había ocurrido casi veinte años atrás. Era una especie de espejo, de juego que no paraba de repetirse que te hacía preguntarte de por qué teníamos ese problema, que probablemente no arranque en los noventa sino que venga de mucho antes. Sobre todo, el problema que no hemos resuelto es la pregunta de por qué no somos capaces de resolver esto. Es un poco la cuestión que se plantea la película. Con respecto a la importancia que tiene el contexto y los medios de comunicación en la película es para contextualizarla, creo que hemos olvidado el caso casi por completo y en parte con la cantidad de ruido que generó el caso Roldán, que era enorme. Si lo piensas bien, lo que ocurrió fue muy simple. Lo que se generó alrededor fue brutal, una película de espías que también tratamos de recoger en cierta medida en la narrativa. Toda la literatura de la que se envolvió el caso lo hacía pasar de pronto a un thriller de espías internacional con bandas de la mafia calabresa, por poner un ejemplo.

¿De ahí la narración del personaje de Coronado?

Lo que nos autorizaba decir que este relato no es la realidad es porque lo está contando este señor. Es su punto de vista pero no tiene por qué ser la verdad. De hecho, la película se abre con una declaración de intenciones: “esto que van a ver es una historia real pero  como todas las historias reales contiene alguna mentira”. Es la película que he hecho que más pretende declararse como una película, como una ficción. Siempre hemos trabajado mucho con la realidad y en este sentido estamos en algo más artificioso.

La elección del Paesa de ficción era fundamental, ¿qué hizo que te decantaras por Eduard Fernández?

Por las pruebas que vi. Ya en ella Eduard tenía algo maravilloso. El personaje de Paesa va siempre dos pasos por delante del espectador y de los personajes con los que interactúa. Entonces es muy complejo enseñar lo que está pensando. Y Eduard era capaz de hacer eso con muy poquito y al mismo tiempo logra que bajo el punto de vista del espectador surgiera cierta empatía hacia él, que no deja de ser preocupante porque estás empatizando con un personaje con una moral muy dudosa. Sí me gustaría aclarar que la película hay que verla con cierta distancia e ironía. Nosotros lo hemos intentado. Lo que está expuesto es para un público inteligente que sea capaz luego de decir esto es mucho más irónico de lo que parece.

¿A Paesa se le enfoca como héroe y traidor a la vez?

No tratamos de juzgarlo, tratamos de situar al espectador pero sin decirle lo que está mal y lo que está bien. Estamos ante un personaje difícil de repetir por toda la literatura que él mismo genera sobre él mismo y sobre lo que tiene alrededor. Siempre está envuelto en la bruma, en la sombra. Además, el día antes del estreno aquí en San Sebastián Paesa fue portada del Vanity Fair, llevaba años sin aparecer. La entrevista la cierra diciendo “Todo esto que he contestado aquí podría haber sucedido así o no”. Y esto es básicamente lo que sostiene la película. En la entrevista además cuenta que su muerte en Tailandia fue porque fue herido y lo metieron en un barco y tuvo amnesia… ¡Es el principio de Bourne! (Risas)

Vuelves a contar con la fotografía de Álex Catalán. ¿Cuáles han sido las pautas en esta ocasión?

Desde el principio apostamos por recordar que lo que estamos contando es una ficción y apostamos por posiciones de cámara, por movimiento, por espectáculo. A veces, como dice Carlos, esto es una aventura de despacho, pero tratamos de sacarle partido precisamente a eso. Lo bueno de Álex es que se adapta siempre a la historia que vamos a contar, entre los dos pactamos que el tono de ésta tenía que ser distinta.

¿Qué papel juega la banda sonora, muy enfática en esta ocasión?

He repetido con el compositor con el que he hecho las últimas películas. Me vino muy bien en el momento en el que entró porque nos dio la clave para encontrar el tono de la película. Trajo una maqueta que es el tema con el que se abre y lo tuvimos muy claro.

¿Has tenido alguna presión de algún tipo a la hora de contar esta historia por seguir siendo un tema sensible?

Supongo que es un tema sensible pero hay otras filmografías que también lo hacen habitualmente. Pienso que el público y la sociedad son lo suficientemente maduros para enfrentarse a esta historia, o eso quiero creer. Ya veremos qué pasa.

Gabriela Rubio

Óscar TAEntrevistasAlberto Rodríguez,El hombre de las mil caras
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