La puerta abierta. El goteo de un grifo sobre los cacharros sucios. La pared carcomida por la humedad. El color desgastado tras varias manos de pintura en los muebles. Las escaleras pesando en las piernas de quienes las suben día a día y la ropa tendida con pinzas de plástico en una corrala de un barrio de Madrid conviven con la amargura, gritada por las ventanas o callada en la soledad de las camas vacías y con la alegría que estalla irremediable como el verdín silvestre brota en el asfalto quebrado de las carreteras abandonadas. Así es el día a día de los personajes de “La puerta abierta”, ópera prima de Marina Seresesky, dura como una piedra pero luminosa como los rayos que sin apenas hueco se cuelan en los patios interiores de los edificios que se amontonan uno tras otro en las grandes ciudades.

Rosita, es una prostituta que vive con su madre en uno de estos pisos, y comparte rellano con otras compañeras de profesión, de distintos lugares y con el mismo hastío. Una de ellas es Lupita, un travesti, que más que vecina es un miembro más de esa casa, y que le planta cara a su miseria con una sonrisa, canciones tristes, tequila sanador y mucho corazón. La madre, Antonia, también fue prostituta y aunque ahora está postrada en una silla de ruedas, su mente ha creado una realidad paralela intermitente de fantasía en la que es una gran estrella y de la que vuelve de vez en cuando para odiar a su hija, tanto como ocurre al contrario. De ahí parte esta historia cruda en donde como ocurre en la vida real, hay espacio para el humor, destellos necesarios para sobrevivir a la desidia.

Cuando parece que los días van a repetirse hasta la saciedad y el final de la existencia de todas ellas, un incidente hace que nada vuelva a ser como antes y tengan que replantearse su situación personal actual sobreponiéndose con una naturalidad pasmosa y una fluidez narrativa muy trabajada a cada acontecimiento sin que nada chirríe y con una verdad que consigue que sonrías y te emociones a partes iguales. Cuánto menos salida parezca tener cada secuencia más fácil es resuelta, la sencillez ha agarrado a los protagonistas y no hay ningún alarde innecesario ni en el texto ni en la personificación de los personajes.

“La puerta abierta” huye de la moralidad, pero está dotada de una sensatez abrumadora. Durante el visionado descubres la intención de la directora sin verse los hilos de la misma, quizás mediante la empatía que despiertan los personajes, fascinados por su humanidad, que llega al espectador intacta, o tristes por mirar por la ventana del cruel escenario de muchas personas queresisten en una vida pese a la falta de oportunidades y al duro trabajo no elegido. Pero no hay miserabilidad en una película que nunca mira con condescendencia ni por encima del hombro a sus protagonistas, el guión está escrito con mucho cariño hacia ellos, pero no les perdona ni les acusa, los retrata.

Para ello la directora se apoya literalmente en tres pilares fundamentales, las interpretaciones de Carmen Machi, dominando el drama lejos de sus armas y su registro más habitual. La actriz dibuja la amargura sin ningún artificio, es apasionante ver a una Machi despojada de sus atributos para la comedia, más cercana a la seducción que genera en las tablas y que el cine le había dado menos oportunidades de demostrar; de TerelePávez, llena de desparpajo y frescura en una creación tierna y tirana que causa las carcajadas más sonoras del patio de butacas y de Asier Etxeandía, que huye de aspavientos para encarnar a Lupita. El trabajo físico del actor es más naturalista y ajustado de lo que cabría pensar en un personaje que podría presuponerse un arquetipo pero que en manos del actor destila veracidad por todos lados y jamás cae en la caricatura. No se puede dejar de mencionar la acertada dirección de actores y al resto de miembros del reparto como Sonia Almarcha, Emilio Palacios, Mónica Kowalska, Yoima Valdés o la niña Lucía Balas.

De espaldas al miedo, la película deja la puerta abierta a la esperanza, un hálito envenenado del que siempre esperas más de lo que te ofrece, pero que no puedes obviar porque cerrar la caja de Pandora sería insoportable. Quizás Rosita la cerró hace tiempo, y tiene miedo de volver a creer que puede haber una vida mejor, lejos del frío que cala en esas noches taciturnas de cigarro y cansancio agotador. A lo mejor esa puerta abierta esté llena de peligro, pero no olvidemos que las revelaciones pueden aparecer de un momento a otro, aunque no esperes nada ni a nadie.

Chema López.

Nota: 8.

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La puerta abierta. El goteo de un grifo sobre los cacharros sucios. La pared carcomida por la humedad. El color desgastado tras varias manos de pintura en los muebles. Las escaleras pesando en las piernas de quienes las suben día a día y la ropa tendida con pinzas de...