En la pasada gala de los Premios Goyas, uno de los protagonistas indiscutibles -e involuntario- en varios de los discursos de los premiados fue Andrés Gertrúdix, quien de manera inconcebible fue obviado en las candidatura a Mejor Actor, por su demoledor trabajo en “10.000 noches en ninguna parte”.

Mientras nos llegan datos acerca del estreno de la película de Ramón Salazar, os dejamos con una encendida y emotiva nueva crítica de uno de nuestros colaboradores (ver críticas anteriores):

10.000 NOCHES EN NINGUNA PARTE, POR JOSÉ MANUEL LÓPEZ LILLO

Dame un espiro. Déjame caminar en círculos. No sé dónde voy a llegar, pero quiero moverme mientras me ahogo. Es un impulso irrefrenable y natural.
La fisiológica necesidad que el protagonista tiene de escapar de su gris vida, le lleva a dos vidas paralelas suplementarias, una adulta y otra infantil. En su vida real satisface milimétricamente lo que se esperaba de él; el objetivo de la vida que le ha tocado vivir, el fin donde ha llegado sin salir de su perímetro de comodidad, sin riesgos, pero también sin emoción. Una existencia representada como un encefalograma plano, que aún así es tan interesante como la anodina existencia de la mayoría de nosotros.
Los protagonistas de esa vida real podríamos ser cualquiera. La gente, la masa, con nuestros problemas enormes, difíciles de sobrellevar y que cargamos sobre nuestras espaldas con estoicismo.

En París vuelve a la infancia. Desarrolla la amistad de niñez que no pudo continuar por su castrante madre, como una shakesperiana Lady Macbeth, una víctima de sí misma libérrima que se ha convertido en una carga irremediable para sus hijos, en esa vida fría, feísta, llena de alcohol, hielo, vómitos, duchas que limpian por fuera y dejan el interior igual de sucio y caras magulladas de tristeza y dolor.
Pero en su escapada a París la luz es dorada. Todo es un cuento fabulador lleno de aventuras, diversión, ternura y la sensación de sentirte unido a un alma que te complementa y que te reconcilia con todo. Al final de la escapada, esa irrealidad le juega una mala pasada: vuelven los miedos, le paralizan, le enferman, le impiden nadar y también le ahogan.

10000-noches-en-ninguna-parte1En Berlín, está todo lo que está por llegar y quizás nunca va a llegar: la vanguardia, lo prohibido, las manzanas que están al alcance de todos pero que a él siempre se le han negado o no ha podido probarlas por miedo a los pecados originales.
Berlín es luminosa. Es un triángulo amoroso, al que es invitado -fiesta de cumpleaños incluida-, donde descubrirá el sexo, el amor, el contacto de la piel con la piel cálida, el vello erizado y las entrañas de las confesiones con confianzas renovadas sin juicios. Este viaje será una fantasía placentera, una experiencia vívida y lúbrica con un final que se puede rebobinar como los recuerdos o los sueños con los ojos abiertos.

Los ojos de nuestro protagonista (un extraordinario Andrés Gertrúdix) nos lleva a todos esos lugares, experimentando todas estas sensaciones, porque 10.000 noches en ninguna parte es sobre todo una película sensorial. Se puede oler, tocar. Notas la temperatura de la textura de sus imágenes, y sabe a gloria.
Andrés Gertrúdix realiza la mejor interpretación de su aún corta y prometedora carrera, capta toda nuestra atención con su ternura y sus enormes ojos sedientos. Un ejercicio de introspección y construcción de un personaje que aparece en cada fotograma.

10000Al lado de nuestro excelente actor protagonista hay un grupo de actrices que se entregan en cuerpo y alma a sus preciosos personajes, comenzando por una mágica Lola Dueñas. Quizás ninguna otra actriz hubiera estado tan verosímil en un personaje tan difícil que camina tanto en el alambre del límite del ridículo y que nunca llega a caer en él. Porque cuando se juega con la inseguridad en un trabajo artístico y sale bien, es mucho más estimulante que el trabajo correcto realizado con red.
Najwa Nimri nos invita a su casa como una gran anfitriona al placer. Su cuerpo desnudo, su gusto por el sabor y sus lágrimas en ese monólogo lleno de dolor e intimidad nos dan rédito del espléndido trabajo que realiza.
Los menos experimentados Paula Medina, Rut Santamaría y Manuel Castillo desprenden frescura y nos dan pistas del buen trabajo de casting de la película.

Y -quizás por encima de todos ellos- una inmensa Susi Sánchez en una interpretación antológica, que a pesar de la casi invisibilidad de la película consiguió ser candidata al Goya a la mejor actriz secundaria, gracias a un trabajo descomunal. Un personaje que sólo se puede hacer desde dentro; con los feroces ojos de la actriz, su regia expresión corporal, su dureza, un indudable atractivo dramático y por encima de todo ello su fragilidad. La escena en la que camina dando tumbos por la gran vía de madrugada, o permanece sentada esperando las decisiones de sus hijos son absolutamente inolvidables.

Mención aparte merece su apartado técnico-artístico, desde el diseño gráfico y dirección de producción, tan delicado como potente, hasta su cuidadísima fotografía en los distintos pasajes, o su deliciosa música. El arbitrario montaje puede descolocar al principio, pero la opinión de cada uno completará esta película, así el director respeta al máximo nuestra capacidad de entendimiento y el espectador rellenará los huecos de manera libre y certera.

10.000 noches en ninguna parte es un cambio de registro para su director y guionista Ramón Salazar, que ya había dado buena muestra de su talento en películas como Piedras y de su desparpajo visual en la colorista y más irregular 20 centímetros. Lejos del academicismo de la primera, que era una buena ópera prima -y que con el tiempo se ha convertido en una película de culto en muchos circuitos de la cinefilia de este país-, este tercer largometraje es un paso hacia delante y su mejor película hasta la fecha.

No apagues las luces, el pánico puede apoderarse de mí, si no puedo dormir, me queda la invención, si no puedo vivir, puedo imaginar, si no puedo imaginar, déjame morir.

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